ANOMALÍA 385 212 988 - II


El estado de “Euphias-IV” contaba con una red de trenes de propulsión humana, mejor conocidos como trenes telequinéticos. Un ciudadano podía viajar de distrito a distrito, por todo el estado, utilizando ese medio de transporte. Era la opción de más viable para la clase trabajadora de los ciudadanos comunes.

El vehículo era dirigido por un conductor telequinético profesional. Los conductores conectaban su D.I.R.P. a la computadora central del tren y el tren se movía o detenía utilizando como energía el uso de la telequinesis. Mover semejante peso requeriría de un gasto calórico sobrehumano, problema que el Lithium industrial resolvía, pues hacía posible que un telequinético pudiera mover trenes de hasta veintitrés toneladas de peso por periodos de hasta ocho horas seguidas. Siendo el ser humano la fuente de energía se eliminaba la necesidad de otras fuentes de energía más contaminantes. Lo que era raíz de muchos de los problemas más preocupantes de la época en que yo todavía era humano.

Pero Akhete, al igual que todos los usuarios del mundo, era ignorante de esa ventaja, él había nacido en una época en la que la contaminación generada por el uso de combustibles fósiles ya no era un problema. Hoy los problemas eran otros.

Mientras viajaba de la estación “Euphias – Escus” a la estación “Euphias - Axis Septentrionalis” Akhete, quien hasta hace dos horas su vida había tenido un sentido, tenía la mente ocupada en repasar todo lo que había sucedido.

Justo después de que el analizador hubiera arrojado su resultado, todos los estudiantes del salón habían quedado impresionados por el resultado. Akhete sentía como todas las miradas estaban sobre él. Comenzó a hiper ventilar, sentía una pesadez en la cabeza y una rigidez en la espalda.

Volteó lentamente la mirada al reclutador y en cuanto hizo contacto visual con él supo que su destino estaría en manos del mismo sujeto al que habían llamado por su amigo hace varios minutos.

- ¡Llamen al comandante, avisen que tenemos una anomalía! - gritaba mientras lo tomaba por el brazo.

El presentador lo dirigió hacia uno de los salones del fondo del pasillo, donde una vez estuvo estudiando la historia de Inna, la salvadora de la humanidad y madre de los diez guardianes.

Estaba en shock, sus pensamientos eran erráticos y aleatorios. No puedo creer que me esté pasando esto, pensaba en silencio.

Al llegar a la puerta deslizante el reclutador se detuvo antes de entrar al aula en donde estaba su amigo.

-Lamento que te haya ocurrido esto- la voz del reclutador ya no tenía ese tono burlón y sarcástico con el que se había dirigido durante toda la exposición, más bien ahora era amable y sincera. –No es el fin del mundo ¿sabes? Aún tienes la posibilidad de tener una vida placentera y significativa.

Akhete, confundido por el repentino cambio de actitud y aún ocupado por procesar la nueva situación, sólo se limitaba a asentir a todo lo que dijera.

El reclutador tocó la puerta y Atlas abrió la puerta.

- ¿También eres un heredero? ¡Genial!, ahora esperemos que no sea más difícil para ti la elección de las habilidades. - La risa subsecuente provocada por su propio comentario se ahogó después de ver el rostro triste y pálido de su amigo.

- ¿Qué pasa? - preguntó Atlas.

-Soy del ocho por ciento- declaró Akhete con una voz seca y sin emoción, como si se tratase de la mayor vergüenza de su vida.

Atlas abrió tanto los ojos que sus pupilas reflejaban un poco el color café de su iris y sus labios se abrieron ligeramente, producto del impacto de la noticia. El silencio seguido de ese comentario lo rompió el reclutador.

-Quédate con él. El comandante ya viene. - Le dio un par de palmadas a Akhete y se dio la vuelta.

Mientras veía la espalda del reclutador irse, observaba a lo lejos como un individuo alto, musculoso, calvo, con el mismo traje que los demás pero con una banda de color rojo cruzada en su torso, se acercaba furiosamente. A su lado, dos aparatos seleccionadores flotaban acompañándolo en su caminar.

Akhete buscó asiento rápidamente, ignorando la presencia de Atlas. El comandante entró y sin siquiera voltear a ver cerró la puerta deslizante. Colocó las máquinas encima del escritorio y las conectó, todo esto sin mover un solo dedo. Al entrar al salón se pudo apreciar que el comandante tenía en la espalda un contenedor grande de Lithium militar. Si su capacidad estaba al máximo, Akhete calculó que con esa cantidad podría comprar un aerodeslizador lujoso y todavía tendría suficiente como para poder vivir cómodamente por dos meses.

Su severo rostro, su altura y su habilidad intimidaron a los dos jóvenes que estaban dentro del salón. Admirado por el nivel de dominio exhibido, Akhete reflexionó sobre la capacidad al que un ser humano podía llegar. Se preguntó también cómo es que la gente del pasado vivía sin el desarrollo de estas nuevas capacidades.

Esta nueva situación le había dado una nueva perspectiva y se empezaba a hacer preguntas que nunca antes se había hecho. Y sabía que no serían las últimas preguntas que se haría de este tipo.

El comandante observaba a los dos detenidamente, especialmente a Atlas, quién le devolvía una mirada de incertidumbre.

- ¡Tú!- dijo, dirigiendo una mirada a Akhete - ¿Qué pasó exactamente cuándo pasaste a revisión genética?

– Me levanté de mi asiento, caminé directo a la máquina, coloqué mi mano en la ranura, sentí el pinchazo y después de unos segundos la luz se volvió roja. – Respondió Akhete, intimidado por la presencia del hombre.

Con el mismo rostro inexpresivo, el comandante dirigió su pesada mirada a Atlas y le preguntó lo mismo.

– Justo lo mismo, sólo que en mi caso la luz fue azul. – Atlas respondió con más seguridad.

El comandante se quedó en silencio total e inmóvil aproximadamente cinco segundos, pensando y analizando la situación.

– Van a hacer lo mismo que me dijeron que hicieron en estas máquinas.  Primero tú – señalando a Akhete – y luego tú – señalando a Atlas.

Dentro de sí, una pequeña esperanza nació en Akhete. En el caso de que todo hubiera sido un error, y no fuera realmente del ocho por ciento, juró que sería la persona más feliz del mundo y que posiblemente elegiría telequinesia como la habilidad de su elección. Poco le importaba ahora lo que su madre opinara de él, seguramente sería mucho menos la desgracia de elegir la telequinesia a la desgracia de ser del ocho por ciento.

Tal y como el comandante había ordenado, los dos jóvenes obedecieron sin titubear. Akhete fue el primero en pasar, con la esperanza de que quizás el primer aparato estuviera defectuoso. Caminó muy cautelosamente delante del comandante y cuidadosamente siguió las instrucciones que estaban impresas en el aparato:

“Favor de colocar su mano en la ranura circular como lo indica la figura, no mueva la mano y espere la inserción de la aguja. No la mueva hasta que el aparato proyecte una luz de color.”

La primera luz roja destrozó sus esperanzas, y la segunda eliminó por completo sus perspectivas de un futuro normal. Las ganas de llorar se reflejaban en sus ojos llorosos mientras hacía un esfuerzo por no romper en llanto frente a esos dos hombres que estaban con él en el salón. Tomó asiento y observó como Atlas procedía a hacer lo mismo que él había hecho.

Atlas, justo al contrario que Akhete, se esforzó por no brincar de alegría al notar las dos luces azules que brillaron de los dos aparatos. Evitaba la mirada de Akhete y cautelosamente tomó asiento.

- ¡Tú!- indicó el comandante señalando a Akhete- dirígete al salón veintitrés, diles que te manda el comandante Graham y que obtuviste un resultado triple negativo.

Cuando Akhete se levantó de su asiento, Atlas hizo lo mismo, lo que provocó la severa orden del Comandante. -Tú te quedarás aquí, ya vendrá alguien contigo.

Después de haberse evitado los últimos quince minutos, las miradas de Akhete y Atlas se cruzaron brevemente. Fueron dos segundos de contacto, y ese instante fue suficiente para que ambos supieran que nada volvería a ser como antes. A partir de ahí los dos tomarían un camino totalmente distinto. Akhete se dirigió a la puerta cuando la voz de Atlas lo detuvo.

-Akhete, no sé que decirte- dijo Atlas con una voz preocupada.

El silencio y la inmovilidad permearon el momento por unos segundos.

-¿Qué podrías decir? - contestó Akhete sin voltear a verlo y siguió caminando.

Pudo sentir cómo se cerró fuertemente la puerta detrás de él. En ese momento supo que esa no sería la última puerta que le cerrarían de ahora en adelante.

Al llegar al salón veintitrés no encontró a nadie, las ventanas estaban opacas y bloqueaban la luz solar, difícilmente se podía observar todo el salón. Tomó asiento en la silla de enfrente cuando una proyección se activó en la pizarra holográfica y se proyectó un video.

El título de la película decía, “¿Qué puedo hacer si ahora soy del ocho por ciento?”
¿Podría ser esto más humillante?, pensó Akhete molesto.

Se sentó a ver la proyección holográfica. El sonido atrofiado y la imagen cortada evidenciaban que esta era una película de menor calidad y menor presupuesto que la proyectada anteriormente.

La imagen mostraba a un ingeniero de limpieza lavando recipientes en un laboratorio de Lithium, vestía el uniforme típico de los ingenieros de limpieza, tela sintética de color verdoso. Era calvo y tendría unos cincuenta años.

- Cuando supe que era parte del ocho por ciento creí que no tendría futuro, pero gracias a la fundación Octagono tengo forma de darle recursos a mi familia – decía el hombre mientras acomodaba los recipientes limpios.

Un cambio de escena mostraba a una mujer joven cerca de los veinte años de edad atendiendo la recepción de un hotel ubicado en alguno de los distritos del estado.
-Octagono me dio un trabajo y un medio para asegurar un futuro estable – decía la mujer con una amabilidad sobreactuada.

El escenario de la película cambió a una oficina de gobierno, en donde se proyectaba la figura del famoso actor y transformista “Emil Axcarr”, vestía un traje lujoso y una molesta sonrisa de mejilla a mejilla. Akhete había ya tenido la oportunidad de haberlo conocido en persona cuando su madre trabajaba como actriz. Para él, era la peor clase de persona que hubiera conocido jamás.

-¡Bienvenido seas amigo! – exclamó el actor con un notable esfuerzo por no parecer despectivo-. Si estás viendo este video significa que acabas de descubrir que no puedes desarrollar habilidades meta-humanas como la mayoría de la población. ¡Pero que eso no te desanime! Antes de empezar, déjame decirte que tu condición no es una tragedia. Aún sin desarrollar una habilidad puedes ser un miembro productivo de nuestra sociedad. Como parte del ocho por ciento aún puedes tener ocupaciones y oficios.
De los lados en donde no se podía visualizar la proyección, caminaron los dos trabajadores que habían sido presentados anteriormente y se pararon uno a cada lado del actor.

- Como podrás darte cuenta aún puedes formar parte importante de Latium – exclamó mientras abría los brazos para señalar a los dos individuos, pero no lo suficiente como para tocarlos-. No por el hecho de que no puedas desarrollar una de las cinco habilidades meta-humanas significa que no tengas otras habilidades que puedas explotar. Nuestra fundación Octagono se dedica a amparar y dar empleo a aquellos que carecen del gen de Inna. Pregunta a tu reclutador sobre los trámites necesarios para formar parte de Octágono y formar parte de nuestra familia.

El video finalizaba con un fondo blanco y el logotipo de Octágono con su eslogan: <<Renaciendo esperanza>>.

-¡Todo esto es una basura!- exclamó una voz femenina y conocida en el fondo del salón.

-¿María?- preguntó Akhete, sorprendido por su repentina presencia.

-Así que también eres un desposeído. – dijo María, seguida de una risa histérica; aunque su voz cortada y su respiración evidenciaban su llanto-. Tú ni siquiera sabías qué habilidad elegir, tú mereces esto. ¿Pero yo? ¿Qué carajos le voy a decir a mi padre? ¿Qué hay del sueño de ser alquimista, de poder ayudarle en el laboratorio de día y en el restaurante de noche?

Antes de poder si quiera pensar en una respuesta, fue cegado por la luz del salón. Cuando al fin sus ojos se acostumbraron a la luz pudo observar a María, con los ojos rojos e hinchados, sentada en la esquina más alejada.

- ¡Akhete Rá! Acompáñame por favor- dijo el reclutador, quien había prendido la luz al entrar al salón-. María Schut, tú espera aquí, alguien vendrá por ti.

Callado y obediente, Akhete siguió al reclutador fuera del salón. Su mirada estaba perdida y desenfocada de todo lo que le rodeaba.

Pobre María, pensaba. Me pregunto cómo tomará Atlas la noticia.

-¡Alto ahí!- gritó con una voz irritante y chillona una compañera del reclutador- ¿A dónde crees que llevas a ese octágono? Nuestras órdenes son…

-El comandante Graham me pidió personalmente que lidiara con este individuo y que lo llevara directamente a procesamiento para su reclusión al sector nueve- el reclutador le interrumpió.

La reclutadora cambió totalmente de actitud al escuchar esas palabras y permitió que los dos continuaran su camino.

Cuando salieron del edificio de salones se dirigieron al elevador principal. En el camino había toda clase de trabajadores gubernamentales caminando en un caos ordenado y elegante. Como si todos supieran exactamente qué hacer y a donde ir.
Al llegar al elevador escolar descendieron al nivel cinco, el cual conectaba la escuela con el tren telequinético.

- ¿Qué es el sector nueve?- interrogó Akhete a su escolta.

- Es a donde van las anomalías con rasgos de deficiencia mental – le respondió el reclutador a Akhete con una sonrisa burlona.

-¿Tengo yo…?

-¡No!- interrumpió el reclutador – , pero tenía que decirle eso para que nos dejaran salir sin que te procesaran junto a los demás.

- No entiendo – dijo Akhete.

- Vete a casa Akhete, y olvida todo lo que viste en el video de Octágono. La propaganda que te mostraron no es verdad. Si vuelves a este distrito dentro de los próximos cinco días te ubicarán los reclutadores y te llevarán a un Octa-centro. Apaga tu D.I.R.P todos los días de tres y media a seis de la tarde, y por la madrugada de dos a cuatro y media por dos semanas, eso confundirá a los satélites - el reclutador le dio una palmada en la espalda y se volteó, dispuesto a regresar al colegio.

-Pero si no voy a Octágono ¿Qué voy a hacer conmigo?- preguntó Akhete, casi llorando.

El reclutador se detuvo y giró la cabeza. Con sus penetrantes ojos verdes le dirigió una mirada lastimosa y respondió:


- Ese ahora es tu problema.

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