ANOMALÍA 385 212 988 - I
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Fue en el intento ocho mil cuatrocientos sesenta y
cinco cuando pude enfocar mi mente y sincronizarla completamente con la del que
resultaría ser el transmigrante de Gael. El cuerpo le pertenecía a un varón de
un metro setenta de estatura, de piel clara y ojos color verde. Su nombre era
Akhete Rá, y a sus diecisiete años recién cumplidos era un estudiante graduado
de la academia teórica “C” del distrito Escus, ubicado en el estado
“Euphias-IV” de la región de Latium.
Era el primer día del quinto mes del año cuatrocientos
dieciocho D.G.C., después de la gran colisión, día que coincidía con “la prueba
de selección”, un proceso gubernamental que se realizaba en todas las academias
teóricas del estado. Ese día Akhete, al igual que todos los estudiantes de su estado,
pasaría de ser un estudiante teórico a ser un aprendiz. Todos los alumnos
terminaban seis años de estudios teóricos y los elegidos empezarían a estudiar
la práctica de una de las cinco habilidades:
Telequinesis, Reconstrucción Orgánica, Modificación Corporal,
Ultracognición o Transmutación.
Por una semana las academias de todo el estado
“Euphias -IV” eran visitadas y administradas por los reclutadores, agentes del
gobierno cuya misión era verificar que los alumnos fueran genéticamente aptos y
asignarlos a la habilidad de su preferencia.
Los reclutadores formaban hileras larguísimas de
alumnos y los llevaban hacia los salones donde los reclutadores les realizaban
un breve estudio genético por medio de una pequeña muestra de sangre en un
analizador de genes, un dispositivo que indicaba si el rastro de ADN depositado
contenía o no lo que se conocía como el “Gen de Inna”. Ese resultado definía si
un estudiante tenía o no la capacidad genética para desarrollar una
metahabilidad.
Conforme terminaba de alojarme por completo en la
mente y cuerpo de Akhete, él caminaba por los amplios pasillos de su academia
en línea con sus compañeros. Conforme avanzaba con su grupo observaba cómo en
algunos salones ya se encontraban los reclutadores, trabajadores del gobierno
vestidos con su característica vestimenta azul y su típico mal genio.
El grupo de Akhete llegó al salón asignado para la
inspección, uno a uno se sentaron en los cuarenta pupitres que estaban
distribuidos en hileras de cuatro por diez a lo largo del salón. El grupo
estaba distribuido, igual que todos los demás grupos, por cuarenta alumnos;
veinte hombres y veinte mujeres.
Cuando el último alumno se sentó, las ventanas del
salón adquirieron un color oscuro y la luz solar dejó de entrar. Un reclutador
alto y de piel oscura pidió silencio a los alumnos ante los comentarios de
sorpresa que la oscuridad repentina había provocado en ellos. El reclutador
tenía un dispositivo metálico incrustado en su brazo derecho, un DIRP,
abreviación para Dispositivo de Identificación y Registro de la Población. Acercó
su dedo índice izquierdo al dispositivo y una pantalla holográfica de color
azul surgió de su antebrazo.
Una película comenzó a reproducirse en la pizarra
holográfica que estaba al frente del salón. Akhete de inmediato reconoció el
contenido del filme. Era la propaganda que el gobierno había estado
transmitiendo por todos los medios de comunicación masivos posibles desde hace
un mes. Tan solo en la mañana, ese video se había solicitado permiso para
reproducirse en su DIRP unas cinco veces.
Akhete pensaba que sólo un idiota o un ermitaño no
sabría que ese día todos los estudiantes debían de presentarse a la prueba de
selección a tomar la decisión que los definiría por el resto de sus vidas.
El momento en el que los reclutadores apagaron la luz
del salón fue cuando pude posarme por completo en la mente del chico. A partir
de ese momento yo podía ver a través de sus ojos, sentir por su piel, oler su
entorno, saborear el interior de su boca y saber sus pensamientos. Él no era
capaz de notar mi intervención.
Sus ojos, que ahora también eran los míos, se
enfocaron en la película que los reclutadores proyectaban en la pizarra. Una
imagen holográfica mostraba a un hombre de mediana edad vestido con el típico
traje de los obreros telequinéticos; un traje de grafeno color naranja y un
casco amarillo. El obrero era uno de los telequinéticos especializados en la
construcción. Movía sus brazos estirándolos frente a él, mirando fijamente
hacia arriba. La cámara se alejaba y se podía distinguir una columna de acero
levitando a tres metros de él. La columna mediría alrededor de cinco metros de
longitud por dos de ancho y dos de altura. Pesaría cerca de ciento cincuenta
toneladas.
El obrero parecía tener dificultades para levitar esa
columna cuando otro obrero llegaba para ayudarle a cargar la pesada columna.
Entre los dos la manipulaban a la distancia de forma que esta quedaba insertada
en un agujero cuadrado en el piso. Después de su proeza los hombres volteaban a
la cámara y sonreían.
La palabra “Telequinesis” aparecía en la pantalla en
letras grandes.
El filme continuaba y en escena había a una bella
mujer joven, vestida con una bata blanca, de pie a lado de una camilla. Tocaba
con ambas manos una gran herida, ubicada en el pecho descubierto de un pequeño
niño recostado.
Se podía apreciar que la herida estaba siendo
restaurada con piel nueva; proveniente de las manos de la joven. La mujer
separaba sus manos del niño y sobre la herida había una membrana de color
rojizo encima de la herida.
Mientras la escena se enfocaba de nuevo a la mujer,
ella se colocaba unos guantes, volteaba y sonreía viendo a la cámara con un
gesto de satisfacción y alivio.
Las palabras “Reconstrucción Orgánica” aparecía en la
pantalla en letras grandes.
Un hombre de mediana edad aparecía en la pantalla, se
encontraba en una fábrica de ensamblaje. El hombre tenía en sus manos dos
enormes piezas de metal y las doblaba como si fueran de goma. Juntaba ambas
piezas de metal y con su dedo índice derecho recorría la unión de ambos
metales, uniendo ambas piezas por los lugares donde su dedo tocaba.
Desde la primera vez que Akhete vio la película
reconoció que la fábrica en donde se encontraba el “alquimista” era una de las
subsidiarias de Belesev, la empresa de su padrastro Ignatio Belesev. Ese
pensamiento le provocó por unos segundos la sensación de que sus tripas se
removían por adentro.
La pantalla se alejaba del obrero y se distinguía que
estaba trabajando con un aerodeslizador de transporte personal. El vehículo de
transporte principal utilizado en la mayoría de los estados urbanos.
La palabra “Transmutación” aparecía en la pantalla en
letras grandes.
La escena cambiaba y en pantalla aparecía una bella
chica de raza oscura con un cabello muy rizado. La chica vestía un lujoso traje
azul de noche que resaltaba su esbelto cuerpo. Se encontraba en un estudio
fotográfico posando para una cámara. Después de una serie de flashes la mujer
clavaba su mirada a la cámara de la película. Al momento que en sus labios se
formaba una sonrisa, su piel comenzaba a cambiar a una tonalidad blanca, su
cabello se alaciaba partiendo desde el cuero cabelludo adquiriendo una
tonalidad rojiza y sus ojos negros cambiaban lentamente a un color azulado.
Lanzaba un beso a la cámara y seguía posando.
Las palabras “Modificación Corporal” aparecían en la
pantalla en letras grandes.
Finalmente, aparecía una figura que todo el mundo
reconocía; Dante de La Torre, el hombre más inteligente del mundo.
Dante era uno de los diez guardianes de la semilla de
Inna. Diez personas que tenían la capacidad de combinar dos habilidades en un
solo cuerpo. Dante no sólo era capaz de utilizar ultra inteligencia y
modificación corporal, él también era capaz de modificar su propio cuerpo a
niveles atómicos. Esas habilidades en conjunto le permitieron subir rápidamente
en el rango de la EMG, la escala méritos globales, y llegar a ser el ciudadano
número uno del mundo.
A los veinte años cumplidos Dante había ya
revolucionado el conocimiento de la física al descubrir el puente cuántico que
permitía predecir los movimientos de las partículas sub atómicas más
elementales entre dimensiones, descubrimiento que confirmaba la existencia de
los multiversos. A los veintidós había sido jefe de la nación Judyrus, tiempo
en el que estableció las bases de la meritocracia de rango global. A los
veinticinco años, en conjunto con la guardiana médica Lyudmira Volkov, logró
desarrollar el Lithium, la divisa-comestible. Suero que servía en la actualidad
como fuente primaria para la utilización de las metahabilidades sin necesidad de
que hubiera un desgaste calórico excesivo en el cuerpo del usuario. A los
treinta y dos años, edad que tenía actualmente, Dante era el líder de
Innápolis, el continente más poderoso del mundo.
- Saludos, ciudadano – exclamaba Dante en el video,
mirando directamente a la cámara de grabación. Akhete no lo había notado antes,
pero ahora que prestaba atención a la película, sentía cómo si él le mirara
directamente. Cómo si no fuera una película, sino una persona de verdad la que
se proyectaba en el holograma.
- Has llegado bastante lejos y es hora de que
adquieras la habilidad que definirá tu contribución a la sociedad - decía la
proyección de Dante-. Telequinesis, Reconstrucción Orgánica, Modificación
Corporal, Transmutación y Ultracognición. Las habilidades que se nos han sido
otorgadas para el mejoramiento de la raza humana y el progreso de la humanidad.
Ya has visto en este video un poco de lo que puedes hacer si llegas a dominar
la habilidad de tu elección. Sin embargo, debes saber que estas habilidades llevan
consigo una responsabilidad implícita. Tienes que informarte y cumplir con las
responsabilidades que tu gobierno te indique.
Vaya
forma de querer convertirnos en ovejas del sistema,
pensó Akhete mientras que en su cabeza recordaba las palabras favoritas de
Ignatio: “Responsabilidad”, “Deber”, “Orden”. Aunque para Akhete esas palabras
le sonaban más a “Sometimiento”.
- … y un incremento en tu capacidad de razonamiento-.
Continuaba explicando la proyección de Dante a pesar de la atención desviada de
Akhete-. Si te interesa dominar la ultracognición, debes de saber que hay un
número limitado de “Mentales” disponibles por cada estado. Acércate con alguno
de los reclutadores para saber más acerca de la disponibilidad del tuyo.
- Y recuerda – decía la proyección de Dante mientras
su expresión se relajaba y dejaba relucir una gran sonrisa – el futuro de tu
estado, de tu continente y de tu planeta dependen de ti. ¡Éxito!
El video terminaba con el himno continental de Latium
de fondo y el emblema circular del gobierno con el lema “En Inna confiamos”.
Los ojos de Akhete sufrieron ante la repentina luz que
iluminó el salón. Entre los quejidos de los estudiantes, uno de los agentes, el
que había prendido la luz, se paró al frente del salón.
- Por sus caras puedo casi adivinar que esta
información no es nueva para ustedes, ¿verdad?- exclamó el agente que había
prendido la luz con una sonrisa de oreja a oreja en la cara-. Pues para su mala
suerte y para la mía, el gobierno me exige contarles más sobre esta información
y asegurarme de que en sus curiosas mentes esté fijada la información necesaria
para que ustedes puedan escoger la decisión de su vida.
Akhete no tenía el menor interés por las palabras de
su interlocutor. La ansiedad le invadía el cuerpo. La incertidumbre que su
indecisión sobre cual la habilidad a elegir era lo único que invadía su mente
en este momento.
- Como todos ustedes ya bien saben, – continuó
hablando el reclutador- la decisión de elegir que habilidad estudiar es una
decisión de por vida. ¿Alguien sabe por qué?- preguntó al público, del cual no
hubo respuesta alguna.
- ¡Tú!- exclamó señalando a una joven que estaba
sentada a la derecha de Akhete. - Se ve que eres una alumna muy aplicada. ¿Cómo
te llamas?
- Dina- respondió tímidamente la chica, mientras sus
mejillas adquirían un color rojizo que recordaba al de un durazno rojizo.
- ¿Sabes por qué esta es una decisión de por vida,
Dina?- preguntó de nuevo el agente con un divertido tono de voz que no
coincidía con el mal genio de sus demás compañeros reclutadores.
- Es por los genes, señor.- Respondió Dina con un tono
educado y respetuoso – Nuestro ADN tiene la capacidad de adquirir y desarrollar
una habilidad, o al menos eso sucede con el setenta por ciento de la población.
- ¡Efectivamente!, gracias chica, puedes sentarte. -
exclamó el agente que parecía extrañamente alegre, como si disfrutara por
alguna razón el estar en ese salón. - ¿Alguien más que quiera explicarme porqué
sucede esto?
El silencio invadió el salón, muchas personas en el
salón se quedaron callados, viéndose unos a otros. Incluso los compañeros del
reclutador parecían confundidos.
-Nadie lo sabe con certeza, señor, aunque existen
varias teorías al respecto – exclamó una voz fuerte que provenía de un varón
alto, de piel bronceada y de cuerpo atlético. Se trataba de Atlas, el mejor
amigo de Akhete, quien estaba sentado a su lado.
–La versión científica más aceptada es la que explica
que hace poco más de cuatrocientos años, cuando ocurrió el cataclismo, las
personas que estaban más cercanas a la zona del impacto fueron las que
sufrieron una mayor mutación en su ADN que las que estaban más alejadas –
explicó Atlas, con el típico tono arrogante y soberbio con el que siempre
respondía las preguntas de clase.– Por otro lado, aquellos quienes se
encontraban en el punto más alejado del impacto fueron los menos afectados por
el evento y, por lo tanto, quienes no pudieron desarrollar la mutación en su
ADN.
- ¡Bravo!, se nota que has leído bastante tus libros
de historia- exclamó el reclutador con un tono que parecía sarcástico. – Me
pregunto si tú sabes cuál es la otra versión.
Atlas se quedó observando al reclutador con una mirada
incrédula. Miró hacia abajo y luego regresó la mirada. En su rostro ya no
mostraba el gesto de soberbia que segundos antes portaba.
- La otra versión, - Atlas respondió, repitiendo las
palabras del reclutador - es la que nos indica que los que desarrollan el
genoma del veintidós por ciento son los “Herederos de Inna”, descendientes
directos de los hijos de la diosa que nos regaló estas virtudes a nosotros los
humanos. Por esta razón cae sobre ellos la responsabilidad de dirigir los
gobiernos del mundo, los mercados mundiales y cualquier posición de mando o
poder.
El silencio y la tensión reinaron en el salón. Los
reclutadores se miraron unos a otros inquietos. Hablar de los herederos en
Latium II nunca era algo aceptado en la población de Ciudadanos Comunes, hasta
los alumnos sabían eso.
- Siempre ha sido un tema controversial – exclamó el
reclutador, sin hacer caso a la tensión del ambiente.
- Y sí, tienes razón – continuó explicando el
reclutador -. En lo personal, también creo más en la validez de la primera
versión. Pero lo cierto es que, independientemente del origen, existen tres
tipos de personas en el mundo. Aquellos a quienes su ADN les ha permitido
dominar dos habilidades en su cuerpo son los auto-denominados “herederos de
Inna”, ya sea por su relación sanguínea con la deidad Inna, o por la mutación
genética de sus ancestros. Ellos conforman aproximadamente al veintidós por
ciento de la población y, en efecto - dijo al mismo tiempo que volteaba su cara
a Atlas -, casi todos se desempeñan en el liderazgo de la política o la
economía principalmente.
- Los siguientes en la lista son ustedes, amiguitos,
los Ciudadanos Comunes – continuó el reclutador - quienes poseen la capacidad
de desarrollar una de las habilidades que acaban de ver en el video. Con esa
habilidad se quedarán toda la vida, más les vale que decidan bien, porque no
hay marcha atrás.
El reclutador hizo un gesto a un compañero suyo que se
encontraba afuera del salón. Un hombre alto con el mismo atuendo que los demás
entró levitando lo que parecía un aparato de forma rectangular a la altura de
la cintura, a una distancia de medio metro de su cuerpo.
El agente tenía las manos a los lados y sólo movía los
dedos de su mano derecha. Colocó lentamente la máquina encima de una mesa
mientras movía su mano derecha ligeramente hacia delante. Cuando la dejó encima
de la mesa el reclutador le agradeció con un gesto y el agente se retiró del
salón.
El aparato medía casi cincuenta centímetros de largo
por veinte de ancho. En la parte frontal del aparato se encontraba una ranura
de quince centímetros de diámetro, dentro había un tubo pequeño de unos cinco
centímetros de largo con dos pequeñas agujas. A los lados de la ranura habían
tres focos de colores apagados.
- Esto es el analizador de genes. O como le decimos en
la oficina, el “filtrador”- exclamó el presentador mientras hacía un gesto con
la mano señalando al aparato.
- Esta belleza nos sirve para identificar si el ADN
del usuario es apto para desarrollar una habilidad. Cerca del setenta por
ciento de la población posee el genoma que permite la adquisición de solo una
habilidad. Prácticamente todos los habitantes de Latium II son hijos de
Ciudadanos Comunes y muy probablemente lo serán ustedes también. Así que si
pueden hacernos el favor de pasar uno por uno…
- ¡Señor!- gritó Akhete al momento que se levantaba de
su asiento. La repentina interrupción hizo que todas las miradas de los
presentes en el salón voltearan a verlo, en ese momento pudo sentir como el
calor de la sangre subía involuntariamente a su rostro, enrojeciéndolo.
- ¿Sí?- preguntó el reclutador en un tono que hacía
evidente lo inapropiado del grito de Akhete.
- ¿Por qué hacen la prueba de selección en el último
año de la enseñanza teórica? – preguntó Akhete a pesar de la vergüenza de tener
las miradas encima-. ¿No sería más fácil
hacerla antes y así permitir a los alumnos un poco más de tiempo para decidir
que estudiar, si es que pueden estudiar?
Atlas hizo una mueca al escuchar eso y movió la cabeza
negativamente. Ya habían tenido esa conversación varias veces en el pasado. En
el tiempo que llevaban conociéndose Akhete no podía decidir que habilidad elegir.
Cada vez que Atlas preguntaba la razón de su indecisión Akhete sólo bajaba la
mirada y respondía “es complicado”.
Una mirada lastimosa y una sonrisa complaciente se
aparecieron en el rostro del reclutador. - ¿No eres el más brillante de la
clase verdad? - preguntó el presentador mientras se desataba las risas de
varios alumnos –. Eso, o el sistema educativo de esta institución es realmente
deficiente. Se hace esta prueba en este nivel académico porque el genoma
termina de definirse a los dieciocho años de edad aproximadamente. Así que el
gobierno procura que el tiempo de formación de ese genoma se aproveche a la par
con una formación informativa.
- Pero ¿cómo es posible que con la tecnología actual
no se pueda saber antes de los dieciocho años si los genes son o no capaces de
desarrollar una habilidad? – respondió Akhete, molesto por el comentario del
reclutador.
- Ni toda la tecnología del mundo puede acelerar el
desarrollo del ser humano. Hay un proceso que el cuerpo debe de seguir antes de
poder ser modificado. Por eso no podemos forzar al cuerpo a adquirir
habilidades desde temprana edad, el cuerpo se quebraría- respondió el
reclutador.
- ¿Qué caso tiene entonces desperdiciar seis años en
la academia si alguien no resulta ser apto para desarrollar una habilidad? –
preguntó Akhete aún más molesto.
- En el improbable y desdichado caso de que alguno de
ustedes poseyera el genoma del ocho por ciento, cosa que este aparato nos dirá
en unos minutos, al menos tienen el conocimiento curricular que les facilitaría
encontrar una ocupación en la sociedad - esa frase dejó en silencio el salón,
todos habían escuchado sobre hijos de dos Ciudadanos Comunes que resultaron ser
parte del Ocho-por-ciento.
Akhete se quedó en silencio y avergonzado, sentimiento
que pronto fue sustituido por la preocupación de no saber que habilidad elegir.
En unos minutos el pasaría enfrente y tendría que elegir la habilidad con la
cual se quedaría toda su vida.
- ¡Hey Akhete! ¿ya sabes que habilidad vas a elegir, o
le dirás al presentador que elija por ti? - le preguntó su amigo Atlas
sarcásticamente.
Akhete no respondió.
- ¿Y tú ya sabes, Atlas? – le preguntó Dina -. Escuché que María quiere estudiar
modificación de la materia así que muy seguramente…
- ¡Ella no tiene nada que ver con mi decisión! -
interrumpió Atlas ruborizado.
La exclamación de Atlas provocó un gesto severo de
silencio por parte de uno de los reclutadores en el aula.
- No le hagas caso a ese payaso Akhete- le dijo Dina
en voz baja.
- Y tú Dina, ¿estás segura de tu decisión como
curandera? – preguntó Akhete.
- ¡Claro que
sí!- respondió Dina- Mi mayor deseo es poder encontrar el modo de poder ver en
mi ojo izquierdo.
- ¿Tú crees que exista una cura? – preguntó Akhete
incrédulo.
El gesto de sorpresa y tristeza que Dina hizo ante la
pregunta le hizo darse cuenta de lo inapropiado de la pregunta.
- Lo siento, no quería…
- No te
preocupes, - le interrumpió Dina mientras cubría el parche oscuro que tenía
encima de su ojo izquierdo con su largo cabello negro - dependerá de mi
encontrarla.
- Si lo que quieres es ser investigadora vas a tener
que subir bastante en la EMG. – le dijo
Atlas, incluyéndose en la conversación.
- ¿Y tú crees que no voy a poder lograrlo? – le
interrogó Dina a Atlas.
- ¡Atentos!- Interrumpió el reclutador antes de que
Atlas pudiera responder-. Conforme vaya anunciando su nombre, pasaran al frente
y colocarán su dedo índice en la punta del tubo que sobresale del analizador.
Después pasarán al aula asignada según su elección de la habilidad.
Akhete sintió el golpe de la adrenalina y el pulso
acelerado.
¿Qué
voy a decidir?, pensó.
A excepción de la habilidad telequinética, ninguna de
las demás habilidades le parecían interesantes. El recuerdo de su padre surgió,
nublando su mente y distrayéndolo de lo que pasaba en el salón de clases. Toda
su infancia había querido ser como él, un maestro telequinético.
Eso cambió cuatro años atrás, el día en que su padre
abandonó a su familia. Desde ese día Akhete se juró que no elegiría esa
habilidad. Sentía que elegir esa habilidad era traicionar a su madre, quien
desde ese día había odiado y detestado a su padre.
-¡Dina Hurtz!- gritó el reclutador.
-Qué nervios- susurró Dina, mirando a Akhete mientras
se levantaba de su asiento.
Dina cruzó el salón caminando a paso apresurado y
mirando hacia abajo para evitar las miradas, al llegar al frente del salón se
colocó al frente del analizador y colocó su dedo índice en las agujas que se
encontraban dentro de la ranura.
-¡Ouch! – se quejó Dina al sentir el piquete que le
hizo sangrar su dedo.
El aparato hizo una serie de sonidos y de repente una
luz verde apareció en frente del analizador. El reclutador hizo una señal hacia
afuera del salón y de inmediato entraron dos personas con el mismo uniforme
plateado.
-¿Habilidad?-Preguntó la mujer que acababa de entrar.
-Reco… orgánica- balbuceó Dina a causa de los nervios,
provocando la risa de sus compañeros
-¡Silencio!- gritó la mujer que estaba frente a ella,
después se giró hacia Dina –. Imagino que quisiste decir “reconstrucción
orgánica”.
Dina asintió y la reclutadora la acompañó hacia afuera
del cuarto y llegó otro en su lugar.
Por cada nombre que gritaban, la ansiedad de Akhete se
acrecentaba.
-¡Atlas Keen!- gritó el reclutador al momento que
Atlas se levantaba y le daba una palmada a Akhete.
-¡Ánimo campeón! - Akhete sabía que esta vez Atlas era
sincero y que no se estaba burlando, Akhete sonrió y sintió como la ansiedad
disminuía poco a poco.
Akhete tuvo una solución a su problema, se decidió a
gritar lo primero que le viniera a la mente en cuanto le preguntaran y así
sabría que esa sería la decisión correcta, según pensaba, porque sería el
destino quien decidiría, no él.
Él sabía que era hijo de un telequinético de renombre
y de una habilidosa transformista, eso lo reconfortaba un poco. Sabía que en
los genes tenía la capacidad oculta de poder desarrollar la habilidad que
quisiera. Sólo tenía que decidirse por una.
Unos murmullos crecientes, provenientes de la parte
posterior distrajeron a Akhete de sus pensamientos. Los murmullos crecieron y
algunos alumnos se levantaron de sus asientos.
- ¡Tranquilos!, siéntense en sus lugares y no se
vuelvan a levantar. – Gritó severamente el reclutador y todos volvieron a
sentarse a sus lugares.
Akhete se levantó de su asiento y pudo observar que
del analizador parpadeaba una luz azul. Eso sólo podía indicar una cosa, había
un heredero de Inna en el aula.
Akhete estaba pasmado, el hecho de que en la población
general del ciudadano común se encontrara un individuo con la capacidad de
estudiar dos habilidades era un evento tan poco común que ni siquiera los
cerebritos que controlaban la ultracognición podían predecirlo con seguridad.
Se sabía que el último evento parecido había ocurrido hace más de veinte años,
y desde entonces no había vuelto a suceder.
-¡Llévenlo con el comandante! – Ordenó el reclutador
mientras Atlas era escoltado afuera del salón por dos agentes.
Ese evento había paralizado el proceso en el aula
completamente, todos estaban aturdidos ante lo sucedido y al parecer nadie
estaba prestando atención a lo que ocurría.
- No sabía que
era un heredero ¿acaso su padres lo son?- mencionó una voz anónima de uno de
los compañeros de Akhete.
- No creo, no estudiaría en una escuela como esta,
¿Con quién se junta?- Preguntaba una chica sentada hasta adelante.
Las platicas de los alumnos que quedaban se callaban
poco a poco para dirigir las miradas a Akhete, el mejor amigo del heredero
recién descubierto.
-Oye, “Raqueta”
– le llamó Byron, uno de sus compañeros de clases - ¿Sabías que ese simio era
uno de esos?
-No, estoy tan sorprendido como tú – Akhete respondió
bastante serio. Aún no podía asimilar el hecho de que Atlas, su amigo, fuera
uno de los herederos. Akhete se preguntaba si este hecho afectaría de algún
modo su amistad.
- ¡Akhete Rá!- Gritó el presentador.
Akhete había olvidado por completo la angustia que su
indecisión le estaba causando, el hecho de que su amigo más cercano fuera ahora
parte de una clase totalmente distinta lo hacía sentir de un modo muy extraño.
-No importa que
tan bueno sea en la habilidad que quisiera, jamás podría competir contra
alguien capaz de utilizar dos habilidades- pensaba en silencio Akhete mientras
se acercaba al aparato seleccionador.
Un golpe de adrenalina se originó en sus riñones y el
golpe de nervios le recorrió la espalda como circuitos eléctricos. Un coraje
surgido de la nada le invadió.
¡No!, pensó
Akhete. Seré el mejor en lo que elija, y
mi habilidad opacará a cualquiera, no importa que sea heredero o no.
Esa convicción momentánea le hizo acelerar el paso y
acercarse al aparato, sintió el piquete y no hizo gesto alguno.
Quince segundos después, el coraje que sentía había
sido de repente reemplazado por un escalofrío en la espalda y un sudor frío en
la frente. El murmullo del salón había reinado en el aula otra vez y la mirada
atónita de Akhete estaba de nuevo clavada en el analizador.
Ya no tenía ningún sentido el preocuparse por tener
que elegir una habilidad. La luz roja que destellaba el aparato solo podía
significar una cosa: Akhete era parte del “ocho por ciento”.
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